Trump
Mayra Montero
Cuando pase esta tormenta kitsch y esta desproporción, yo espero que alguien _evalúe fríamente la “petición” que casualmente vuelve por sus fueros, de que el concurso de Trump se celebre el año que viene en Puerto Rico. En pesos y centavos eso significa que el país, o sea, los contribuyentes, tendrían que desembolsar bastantes millones para que se los embolsillen tres o cuatro aprovechados. Y eso es un disparate que no deja oficio ni beneficio.
Ya en una columna anterior, comenté que es evidente que los organizadores del concurso no tienen dónde celebrarlo, porque en Europa, por ejemplo, no interesa para nada. Ni siquiera lo transmiten. Este año hubo países que no se tomaron la molestia de mandar a nadie, Italia entre ellos. Y ésa es la tendencia: ignorar esta fiestecita que estará muy bien para que se entretengan las adolescentes (como juego, esperemos que no como proyecto de vida), pero no para que se vuelque un país entero, unos adultos, unos gobernantes que tienen que comprender que mérito como tal, ninguno, y que además es puro anacronismo. Lo comprendieron, sin ir más lejos, las autoridades de California, que siguieron en lo suyo sin apenas hacerles caso.
A mí me gustaron mucho las crónicas de una de las reporteras que cubrió el evento, y que además de informar a la manera convencional, fue un poco más allá y estuvo analizando las interioridades y los absurdos del certamen. En una de esas, se refirió a los “beneficios” de competir. Ese tropel de muchachas que invierten un dineral y luego no duermen, no comen, no hacen otra cosa que obedecer ciegamente, ni siquiera como soldados de un regimiento, sino como perritos de exhibición. Porque a los soldados no los emperifollan, no los “broncean”, no les cortan un trocito de nariz, no les ponen tetas. No los tratan, en suma, como a búcaros. Pero a ellas sí.
La representante de Trinidad y Tobago, por ejemplo, era un caso siquiátrico. Yo recorté la página del periódico donde aseguraba que “había aprendido a adorarse”, ella se adora a sí misma porque se convirtió en la musa de no sé quién, alguien que le demostró que es bella, bella, bella (palabras textuales).
Recorté la nota por delirante, porque para algo me servirá algún día. La de Polonia era otro caso siquiátrico, pero en sainete. Ya había concursado en Venezuela o en Colombia, y como no pasó nada, se sacó de la manga una mamá polaca, se cambió el apellido y se metió de cabeza en el concurso donde las demás muchachas le reprocharon su oportunismo. Ella ignoraba sufridamente los reproches, haciendo unos pucheros y poniendo unos ojos que yo, veterana autora de erotismos, me reía por dentro. Un peligro la polaca circunstancial.
Por último, una pregunta que creo que viene a cuento: si la mujer que entregaba la corona, con nombre ruso, era la representante de Canadá, ¿por qué esta vez no celebraron el concurso en Montreal o en Toronto, o en cualquiera de esas magníficas ciudades? Nos consta que, hasta última hora (aún en medio de la crisis fiscal en Puerto Rico) los organizadores estaban buscando desesperadamente quién los acogiera y aflojara los milloncejos, y al final tuvieron que recurrir a Los Ángeles, sin que seguramente les dieran tanto, porque no nos van a decir que les dieron el oro y el mono, y que luego las autoridades de la ciudad ni se asomaron para saludar. Se buscaron unos cuantos auspiciadores que iban a los cócteles a conversar con las muchachas. Eso es todo. Ningún patrocinio gubernamental serio, porque no, porque esas cosas están bien en privado. Pero no para que ningún gobierno las apadrine.
Estos concursos, si es que se van a seguir celebrando, si es que van a tener cobertura, tienen que situarse dentro de ese ámbito: un evento social más o menos simpático, más o menos colorido y punto.
Evoluciona la gente, evolucionan las mujeres, evolucionan los países. ¿Por qué un negocio de un señor que ya no sabe dónde instalar el tinglado tiene que convertirse en una “fiesta de pueblo”, como clamaba la organizadora local? ¿Por qué tiene que haber un gran recibimiento de pueblo, a ver? ¿Cerramos el gobierno (otra vez) y todos a la calle con banderitas para felicitarnos porque Trump las pone a desfilar en bikini y “quiere belleza”? A mí me dio pena leer eso, la deslumbrada sumisión con que la organizadora dijo que oyó que Donald Trump “quería belleza”. Pues eso es lo que tiene que querer, ¿o es que ha querido otra cosa en años anteriores? Bueno, tal vez dorarle la píldora a Putin, pero la reina rusa, que era medio soldado, les salió rana y huyó de la parafernalia.
Hay que crecer. Que las adolescentes se ilusionen, pase. Pero no que a los adultos, que a un pueblo entero lo quieran atrapar en semejante bobería. Y como nota al margen, vergüenza dio esa mujer del Líbano que estuvo allí, si es que era del Líbano, que tal como está el cotarro a saber de dónde la sacaron. Pero el caso es que la banda sobre su pecho decía Líbano. Su país muriéndose, y ella meneándose en tarima. Eso son los “valores” del Universo: el vacío, el egoísmo y la banalidad.
Fuente: El Nuevo Dia de Puerto Rico
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